CIRCULOS INFINITOS
Todo en la vida está entrelazado. Nada existe en aislamiento: lo que pensamos, sentimos y descubrimos se conecta una y otra vez, transformándose en cada ciclo.
Círculos Infinitos es un espacio para mirar más allá de lo evidente y encontrar sentido en esas conexiones invisibles que nos rodean. Aquí hablamos de ideas, personas y momentos que han cambiado el mundo: desde las mentes que abrieron caminos hasta quienes, lejos de los reflectores, transformaron vidas; desde la fuerza de las palabras y la ciencia hasta el amor, la música y la vulnerabilidad.
Más que un viaje hacia el conocimiento, es un viaje hacia nosotros mismos. En cada episodio, la invitación es hacer una pausa, mirar distinto y descubrir que no es el horizonte lo que se expande, sino nuestra capacidad de contemplarlo.
CIRCULOS INFINITOS
Ya no soy el mismo: entre la versión que fuí y la que viene.
Use Left/Right to seek, Home/End to jump to start or end. Hold shift to jump forward or backward.
A veces no se cae el mundo; se cae la máscara. Partimos de una verdad incómoda y luminosa: no estás perdiendo el ritmo, estás dejando de actuar una versión que ya no te representa. En esta conversación íntima, ponemos en pausa la exigencia de producir para escuchar lo que el silencio revela: cansancio acumulado, metas que perdieron sentido y una identidad que busca más verdad que aplauso. No hay épica prefabricada, hay preguntas reales, días grises y el aprendizaje de caminar distinto sin pedir permiso.
Desarmamos la idea de que la velocidad define el valor. Hablamos de la diferencia entre avanzar y huir, de cómo llenamos la agenda para no sentir, y del momento en que el cuerpo y el alma bajan la marcha para ponernos de frente con lo pendiente. Nombramos la etapa silenciosa en la que el “yo eficiente” se resquebraja y aparece el miedo a no saber quién queda debajo. Desde ahí, exploramos el puente entre dos versiones: el terreno intermedio donde la claridad llega sin fanfarria y la incomodidad se vuelve una brújula fiable.
También redefinimos cómo medimos la vida: menos cantidad y más presencia, menos demostración y más elección. Invitamos a reconocer que crecer puede sentirse como perder equilibrio, que soltar no es traición, y que la verdadera valentía nace cuando nos quedamos con nosotros mismos al apagarse el ruido. Al mirar con honestidad, entendemos que no se trata de volver a ser “el de antes”, sino de recuperarnos y elegir una dirección que sí nos contenga. Si esta etapa te toca, acompáñanos. Suscríbete, comparte este episodio con quien lo necesite y cuéntanos: ¿qué parte de ti está lista para quedarse?
Esto es Círculos Infinitos. Yo soy Vidal Esteves. Hay encuentros que no se planean y aún así suceden en el momento exacto. Tal vez vas caminando rumbo al trabajo o regresando a casa, tal vez estás en plena noche, sin poder dormir, o quizás el mundo sigue girando y solo necesitas un respiro. Sea como sea, gracias por estar aquí. Hoy voy a hablarte de algo que casi nunca decimos en voz alta, porque incomoda, porque rompe la imagen que hemos construido de nosotros mismos, y es esto. Llega un momento en la vida en que empiezas a sentir que ya no eres el mismo. Pero tampoco sabes quién eres ahora. No es una crisis espectacular, no hay un desastre visible. Desde afuera todo parece normal. Sigues trabajando, sigues cumpliendo, sigues hablando con la gente, sigues respondiendo mensajes, tomando decisiones, moviéndote. Pero por dentro hay algo que cambió de lugar: algo que ya no encaja igual. Algo que no sabes explicar sin sentir que exageras. Y cuando eso pasa, lo primero que hacemos es tratar de arreglarlo rápido. Nos convencemos de que estamos cansados, de que necesitamos motivación, de que debemos organizarnos mejor o volver a la versión de nosotros que parecía más fuerte, más productiva, más enfocada. Empezamos a mirar hacia atrás, como si el pasado fuera una prueba de que antes sí sabíamos vivir. Pero lo que rara vez nos preguntamos es si esa versión antigua realmente estaba en paz, o solo estaba demasiado ocupada para darse cuenta de lo que cargaba por dentro. Porque hay una diferencia enorme entre avanzar y escapar. Muchas veces no lo notamos hasta que el cuerpo, la mente o el alma bajan la velocidad sin pedir permiso. Te obliga a ir más lento, a sentir más, a pensar más. Y eso asusta. Asusta porque nos hemos acostumbrado a medir nuestra vida por lo que producimos, por lo rápido que respondemos, por cuánto hacemos en un día. Cuando el ritmo baja, sentimos que estamos perdiendo valor como si nuestra identidad dependiera de estar siempre en movimiento. Pero quiero que te hagas una pregunta honesta mientras escuchas esto. ¿Cuántas veces estabas ocupado porque tenías propósito? ¿Y cuántas veces estabas ocupado para no pensar demasiado? Porque hay un tipo de cansancio que no viene del trabajo. Viene de sostener una versión de ti que ya no te representa. Viene de decir que sí cuando por dentro ya era un no. Viene de seguir corriendo en una dirección que ya no tiene sentido, solo porque detenerte implica mirar cosas que habías evitado durante años. A veces el problema no es que hayas perdido el ritmo. A veces el problema es que el ritmo que llevabas estaba desconectado de quién realmente eras. Y cuando esa desconexión se vuelve demasiado grande, algo dentro empieza a resistirse, ya no te emociona igual, ya no te llena igual. Empiezas a preguntarte cosas que antes no preguntabas, y esa incomodidad no es debilidad, es señal de conciencia. Hay una etapa muy silenciosa del crecimiento, donde el personaje que te ayudó a llegar hasta aquí empieza a caerse. Ese personaje fuerte, eficiente, siempre disponible, el que nunca se detiene, el que puede con todo. Cuando ese personaje se cae, da miedo, porque no sabes quién queda debajo. Sientes que perdiste algo cuando en realidad estás viendo por primera vez quién eres sin el papel que te mantenía funcionando. Y esto es lo duro de admitir. Muchas veces no estamos cansados de la vida. Estamos cansados de actuarla, cansados de sostener expectativas, de intentar estar a la altura de una versión que quizás ya cumplió su propósito. Pero dejarla ir se siente como traición, porque esa versión te ayudó a sobrevivir, a avanzar, a demostrar. Soltarla parece peligroso, entonces intentamos recuperarla, volver a correr más rápido, y cuanto más lo intentamos, más vacío se siente. Tal vez lo que te está pasando no es que vas más lento, tal vez es que por primera vez estás caminando sin huir, porque huir no siempre se ve como escapar. A veces huir se ve como llenarte de cosas, como no dejar espacios en blanco, como no quedarte a solas contigo demasiado tiempo. El silencio revela cosas y por eso mucha gente lo evita. Pero cuando el ruido baja, empiezas a escucharte de verdad, y lo que escuchas no siempre es cómodo, escuchas cansancio acumulado, escuchas decisiones pendientes, escuchas la verdad de lo que ya no quieres seguir cargando. Y ahí sucede algo muy importante. Empiezas a darte cuenta de que no necesitas volver a ser quien eras, necesitas entender quién estás siendo ahora. Aprender eso no es un momento bonito de la película. No llega con música épica ni con claridad absoluta. Llega con dudas, con días donde te preguntas si estás retrocediendo, con esa sensación incómoda de estar entre dos versiones de ti mismo, pero ese espacio intermedio no es un error. Es un puente. Es el lugar donde se redefine la dirección, no la velocidad. Quiero decirte algo que quizás no suene cómodo, pero sí verdadero. Hay personas que nunca llegan a este punto porque jamás se permiten parar. Siguen corriendo toda la vida sin preguntarse hacia dónde. Tú, en cambio, si estás sintiendo esta incomodidad, ya diste un paso enorme. Empezaste a mirarte sin filtros. Ahora viene la parte más honesta de todo esto. Tal vez no extrañas quién eres, tal vez extrañas la certeza que sentías cuando no cuestionabas nada. Porque cuestionarte duele, te obliga a aceptar que algunas metas ya no te emocionan, que algunas conversaciones ya no te llenan, que algunas formas de vivir ya no te representan. Y aceptar eso implica cambiar. Y cambiar implica dejar atrás algo que fue parte de tu identidad. Pero aquí está la verdad que casi nadie dice: Crecer no siempre se siente como avanzar, a veces se siente como perder el equilibrio mientras aprendes a caminar de otra forma. Y en ese proceso, puedes sentirte más lento, más callado, más selectivo, no porque estés apagado, sino porque estás dejando de vivir en automático. Si hoy te sientes diferente, no lo tomes como una señal de fracaso. Tal vez es el comienzo de una relación más honesta contigo mismo. Tal vez es el punto donde dejas de medir tu valor por cuánto haces y empiezas a medirlo por cuánto de ti hay en lo que haces. Y lo voy a repetir. Tal vez es el punto donde dejas de medir tu valor por cuánto haces y empiezas a medirlo por cuánto de ti hay en lo que haces. Tal vez es el momento donde dejas de demostrar y empiezas a elegir. Y quiero que te quedes con esto antes de terminar. Un día vas a mirar atrás y vas a entender que este momento que parecía confuso, lento y hasta incómodo era necesario. Porque no estabas perdiendo fuerza, estabas perdiendo una máscara. No estabas retrocediendo, estabas dejando de cargar una versión que ya no te pertenecía. Y cuando finalmente entiendes eso, algo cambia para siempre. Ya no buscas volver al ritmo de antes. Ya no quieres ser quien eras solo porque era más fácil. Empiezas a aceptar que la transformación real no hace ruido, no pide permiso y no siempre se ve desde afuera. Se siente por dentro. Y ahí, justo ahí, descubres algo que te deja en silencio. Tal vez nunca se trató de volver a ser el mismo, sino de tener el valor de convertirte en alguien más verdadero. Porque en ese momento entiendes algo que duele y libera al mismo tiempo. Pasaste años intentando sostener una versión de ti que ya había cumplido su propósito, intentando demostrar fuerza cuando lo que realmente necesitabas era honestidad. Y te das cuenta que el cansancio no venía de la vida, venía de la distancia entre quien eras por fuera y quien realmente eras por dentro. Y cuando ves eso con claridad, algo se rompe, pero no para destruirte, sino para dejar caer lo que ya no puedes seguir cargando. Ya no quieres volver al ritmo de antes, porque entiendes que ese ritmo también escondía silencios, dudas y partes de ti que nunca escuchaste. Empiezas a aceptar que crecer no siempre se siente como avanzar, a veces se siente como soltar todo lo que ya no puedes fingir. Y ahí aparece la verdadera valentía, no la de seguir corriendo, no la de demostrar más, sino la de quedarte contigo cuando el ruido se apaga y ya no tienes excusas para evitarte, porque ese es el punto donde muchos retroceden, pero también el punto donde empieza una vida más real. Y tal vez esa sea la verdad más fuerte de todas. Que la transformación no llega cuando te vuelves alguien nuevo, sino cuando dejas de traicionarte para encajar en una versión vieja, cuando por fin entiendes que no estás perdiendo algo, estás recuperándote. Y desde ese lugar ya no hay vuelta atrás, porque ya no te basta con sobrevivir. Ahora quieres vivir.