CIRCULOS INFINITOS

El duelo de tu amor

VIDAL ESTEVEZ Season 1 Episode 38

La noche cae, la lluvia golpea el vidrio y por fin decimos lo que el silencio guardó durante años: cómo se aprende a vivir con una ausencia que ocupa cada rincón. Abrimos una carta íntima y la convertimos en voz, sin adornos, para seguir el trazo de una despedida que se resistía a nacer. No buscamos consuelos fáciles, buscamos palabras precisas para nombrar el dolor, la espera y el momento en que decidimos dejar de esperar.

Recorremos el paisaje del duelo desde escenas sencillas y rotundas: una ventana favorita, un reloj que marca segundos pesados, una mente que insiste en armar un rompecabezas con piezas que no encajan. Hablamos de la crueldad de las falsas vueltas, de los encuentros que no se dan y del inventario nítido de la memoria: ojos, manos, destellos de vida cotidiana que arden y sostienen a la vez. También exploramos cómo la ausencia se vuelve omnipresente, colándose en la lluvia, el sol, el mar y los sueños, hasta rozar la obsesión. Entre confesiones y pausas, compartimos recursos simples y compasivos para ponerle bordes al río: rituales acotados, escritura, movimiento y el permiso de no poder del todo.

La conversación no pretende cerrar heridas, sino acompañar el tránsito. Reconocemos el vaivén entre el impulso de volver atrás y la necesidad de seguir, la culpa y la calma breve, la claridad y el derrumbe. Nos quedamos con una esperanza sobria: que el tiempo no devuelva lo perdido, pero sí transforme el dolor en algo que pueda sostenerse. Si estas palabras te tocan, suscríbete, comparte este episodio con quien lo necesite y cuéntanos en los comentarios: ¿qué te ayuda a habitar tus ausencias sin perderte en ellas?

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SPEAKER_00:

Esta nació en silencio, en uno de esos momentos donde las palabras simplemente necesitan existir, quedó guardada, como tantas otras, en ese lugar donde lo que llevamos dentro se queda, hasta que encontramos el valor para soltarlo. Pero hay silencios que con el tiempo se vuelven vos, y hoy, en círculos infinitos, deja de ser mía para quedarse contigo, viviendo el duelo de tu ausencia. Esta noche está lloviendo, estoy sentado junto a mi ventana favorita, miro la lluvia caer, y cada gota que se desliza por el cristal es una copia de las lágrimas de tristeza que corren por mis mejillas, recordándome que no estás y que nunca volverás. Mi mente vaga por el último rincón del espacio, buscando entender el por qué, el cómo. Es como si intentara armar un rompecabezas con piezas que nunca encajan, esperando ingenuamente encontrar un final distinto. Después de tanto tiempo, tomé la decisión que tanto temía, dejar de esperarte. La soledad se convirtió en un peso insoportable para mí, y aunque ese paso me desgarró por dentro, supe que era lo único que me quedaba para sobrevivir. Me pregunto: ¿por qué volviste? Te esperé por tantos años, aferrado al sueño de tu regreso, a que tocaras mi puerta, para qué? Solo para perderte una vez más. No entiendo, no entiendo cómo el destino pudo ser tan cruel conmigo cuando lo único que hice fue amarte con todo lo que soy. Pero la vida, en su capricho, me dio la espalda, arrebatándote, arrebatándote de mí cuando más te necesitaba. La incertidumbre y el dolor de cada encuentro fallido, de cada vez que esperaba verte y solo hallaba el frío de tu ausencia, me consumieron poco a poco. Lo sé, lo sé, lo sé, te dije a Dios, y aunque trato de mantenerme firme en mi decisión, no hay un solo día que no piense en ti, que no te recuerde y te extrañe con cada fibra de mi ser. Aún anhelo, ver tu carita hermosa, abrazarte, sentirte cerca de mí otra vez. Temo que el tiempo pase y un día despierte sin recordar el verde de tus ojos o el calor de tus manos de seda. Es una verdad que jamás quise aceptar, nunca imaginé un universo donde tú no estuvieras, nunca quise perderte, aunque en realidad nunca te tuve, porque nunca fuiste completamente mía, y ahora, después de más de diez largos años, me siento irremediablemente perdido en ti, como un barco a la deriva, sin brújula, sin rumbo, ni un puerto donde anclar. La desolación de no tenerte, de no sentirte cerca, es una sombra que me acompaña en cada paso que doy. Intento ser fuerte de seguir adelante, pero una parte de mí quiere correr hacia ti, suplicarte que me perdones, admitir que me equivoqué, que no puedo vivir sin ti. Quisiera decirte que aún te necesito, que mi vida no tiene sentido sin ti. Pero otra parte de mí sabe que debo resistir, que debo aprender a vivir con tu ausencia. Sin embargo, a veces siento que no puedo, porque estás en todas partes, estás en la lluvia, en el sol, en el aire, en las nubes, en el mar, en cada amanecer, en mis sueños, en cada rincón de mi vida, todo, absolutamente todo me recuerda a ti, y si algo no lo hace, entonces busco una excusa para que lo haga. Me persigues, tu rostro se asoma en cada esquina, tus ojos me miran, incluso cuando estoy en la oscuridad más profunda. A veces siento que la locura está a punto de apoderarse de mí, que mi mundo se desploma desde dentro, estallando en pedazos que no puedo recoger. Sin solución, sin esperanza. Yo lo sé, lo sé, sé que te dije a Dios y sé que debo seguir adelante, cargar con esta cruz que me ha sido impuesta, pero eso no significa que no me pese, que no me aplaste, porque tristemente no sé cómo enfrentar el próximo amanecer. No sé cómo enfrentar los días que vendrán tu ausencia. Habita en cada segundo de mi reloj, en cada día de mi calendario. Y así seguirá, hasta que el tiempo, en su marcha incansable, transforme este dolor en algo que yo pueda soportar. Tal vez, tal vez algún día, cuando ya no quede nada más por perder, aprenda a vivir con tu ausencia sin que me ahogue. Pero hasta entonces seguiré caminando entre las sombras de lo que fuimos, llevándote conmigo en cada suspiro, en cada latido sin poder soltarte, porque aunque no estás, siempre estás, porque sigues siendo parte de todo lo que soy.